Estamos en ese limbo extraño donde la esperanza choca de frente con la cuenta bancaria. Políticamente, el tablero se movió, pero en la calle la transición parece ir a paso de tortura. Lo sentimos todos: los negocios siguen asfixiados por impuestos que parecen extorsiones, los salarios no alcanzan para la realidad de los precios y la crisis, lamentablemente, sigue costando vidas.

Es difícil hablar de entusiasmo cuando el presente aprieta. No voy a decirte que Venezuela será Dubái en un mes, porque sería mentirte. Pero sí te voy a decir algo que creo con el alma: el país no se pierde, se pierden las personas. Las sociedades no mueren por las crisis económicas; mueren cuando su gente se rinde o se deja transformar por el vicio. Por eso, nos toca a nosotros hacer el trabajo de carpintería.

La transición económica va a ser lenta, pero nuestra transición mental tiene que ser inmediata. No podemos esperar a que la economía sea perfecta para empezar a ser ciudadanos excelentes. El «daño antropológico» —ese vicio de la viveza y la anarquía que nos dejó el caos— solo se solapa con comportamiento propio.

¿Cómo nos preparamos para los próximos meses mientras el vendaval sigue?

  1. Disciplina ante la anarquía: Sé que es tentador saltarse la norma cuando el sistema todavía se siente roto, pero la disciplina es nuestra única ancla. Si queremos un país serio, tenemos que empezar por ser los clientes que pagan, los vecinos que respetan y los ciudadanos que cumplen.
  2. Coherencia en la crisis: Es fácil hablar de ética cuando sobra el dinero. El reto es mantenerla cuando el camino corto parece la única salida. Ser coherentes entre el país que exigimos y el ejemplo que damos es lo que realmente va a transformar nuestra estructura social.
  3. Resiliencia con propósito: Los negocios están sufriendo, sí. Pero los que logren sobrevivir a punta de transparencia y buen servicio serán los pilares de la economía que viene. No estamos solo «aguantando», estamos fundando las bases.

El país se queda, nosotros decidimos quiénes somos

Venezuela sigue aquí, con sus montañas y sus costas, esperando que terminemos de entender que el cambio no es un evento, es un proceso. A veces nos toca lijar, otras veces clavar y otras simplemente sostener la estructura mientras el pegamento seca.

Ese trabajo de carpintería es agotador porque es personal. Es decidir no ser parte de la extorsión, no alimentar la «rosca» y no dejar que la crisis nos robe la decencia.

No seremos Dubái mañana, pero podemos ser la sociedad más sólida de la región si decidimos que nuestra ética no está a la venta. La transformación del país es, en realidad, nuestra propia transformación.

¿Qué pieza de tu «carpintería» personal estás lijando hoy para que encaje en la Venezuela que viene?

Amanda Lucci

Publicado por Amanda Lucci

!Ayudo a personas a comunicar sus ideas! Comunicadora Social con una maestría en Planificación y Coaching de Negocios. Impulso a comunicar con creatividad, personalidad y estrategia en las redes sociales.

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